Este blogfolio reúne trabajos de mi autoría realizados en el marco de la Diplomatura Superior en Educación y Nuevas Tecnologias, FLACSO-Argentina, además de algunos otros textos que en diversas ocasiones escribí sobre la compleja y rica relación entre lectura, escritura y nuevas tecnologías.
Educar en el siglo XXI, entre el lápiz y la computadora
El blogfolio ha sido creado en el marco de la Diplomatura en Educación y Nuevas Teconologías, que se dicta en FLACSO-Argentina, cohorte 2008-2009, como una de las actividades prácticas del cursado. De esta manera, los posteos tendrán como objetivo básico responder a algunas de las consignas de trabajo propias del posgrado.
He elegido este tema en función de mi trabajo profesional como docente en el área de Lengua, en el afán de profundizar sobre los complejos procesos de aprendizaje del lenguaje escrito. En este sentido, desde hace tiempo la polémica sobre el impacto de las nuevas tecnologías en las culturas infantiles y juveniles, o generaciones @, tiene una fuerte presencia en las escuelas, en los medios, en los espacios de capacitación docente. Sin embargo, no es fácil ponerse de acuerdo. La dicotomía entre la tecnofilia y la tecnofobia se queda en la superficie del problema (o más bien lo evade), desde posiciones que muchas veces no tienen más fundamento que los temores inútilmente disimulados de generaciones de maestros y profesores ante aquello que ya no se puede "controlar".
Se habla asimismo de nuevas alfabetizaciones, de analfabetos funcionales, de iletrismo, de alfabetización emergente. Una compleja temática que no podemos eludir quienes trabajamos en educación, siendo, por el contrario, nuestra responsabilidad investigar, formarnos, aprender, observar lo que sucede en las aulas, escuchar a nuestros alumnos, dialogar con ellos. Y a la vez, dialogar con nuestros colegas de las diferentes áreas, compartir temores, dudas, encuentros, logros. Posiblemente, de esa manera, el aprendizaje colaborativo del que hoy tanto se habla, comience a ser el signo de una nueva educación para todos.
E-mail: beatriz.vottero@gmail.com
21 nov 2014
Nuevos escenarios para la lectura y la escritura con netbooks y smartphones en el aula. Entre las representaciones de los docentes, las prácticas de los alumnos y las potencialidades de trabajar con máquinas inteligentes
grupo de investigación proyecto
“ALFABETIZACIONES, TECNOLOGÍAS Y PRÁCTICAS EDUCATIVAS.
LOS NUEVOS MODOS DE COMUNICAR Y SUS SIGNIFICACIONES EN DOCENTES DE NIVEL MEDIO”
ponencia:
Nuevos escenarios para la lectura y la escritura con netbooks y smartphones en el aula.
Entre las representaciones de los docentes, las prácticas de los alumnos
y las potencialidades de trabajar con máquinas inteligentes
Expositora: Beatriz Vottero
Una de las aristas que me ha interesado singularmente –desde el campo que me compete– es la referida a las nuevas prácticas de lectura y escritura en pantallas y teclados, en particular a través de algunos dispositivos que en el último tiempo fueron ingresando a las aulas; me refiero a los smartphones o teléfonos inteligentes con acceso a internet, y a las computadoras portátiles.
Nuestra investigación a través de entrevistas a grupos focales en diversas escuelas del medio deja ver que los docentes, en general, perciben que las nuevas tecnologías han introducido en las aulas disparadores de perturbación, en el sentido de aquello que inmuta o trastorna un orden conocido, que lo altera, provocando intranquilidad. Esta inquietud, teñida de malestar y de preocupación, genera reacciones tanto defensivas como propositivas, manifiestas en decisiones y en actitudes. Particularmente en relación a las concepciones que los profesores tienen acerca de las prácticas de lectura y de escritura escolares, esas acciones son claramente de tipo defensivas.
En otras palabras: asumen –por un lado– que es importante que sus prácticas de enseñanza incorporen propuestas alternativas a las modalidades tradicionales que les permitan renovar las didácticas, en particular sumando el uso de la imagen. Reconocen, asimismo, que la llegada de internet al contexto escolar y la presencia en las aulas de numerosos teléfonos inteligentes, así como de computadoras portátiles, los sitúa ante el imperativo de reconfigurar la dinámica del trabajo en aula y en otros espacios de la escuela, llegando incluso a aceptar que los alumnos los utilicen para escuchar música e intervenir en redes sociales.
Sin embargo, más que una iniciativa genuina –aun cuando hablamos en este caso de acciones propositivas– se trata de la necesidad de procurar que lo que ya está y no se puede evitar, resulte menos invasivo y se incorpore a la clase a través de ciertas habilitaciones para su uso, consiguiendo de este modo neutralizar o reconvertir su negatividad.
Pero cuando se trata de preservar las actividades de lectura y de escritura propias de tareas de estudio, se mantienen claramente a la defensiva, en la medida en que las identifican con modalidades tradicionales, al punto de llegar a considerar –en algunos casos– que en la clase de Lengua no pueden/no deben utilizarse porque allí se enseña a leer y a escribir. Con toda claridad están refiriéndose al texto que se analiza y a la producción de diversas composiciones escritas, que disocian de toda práctica en teclados y pantallas, reservándolas al papel impreso y a la carpeta escolar.
En relación a las tareas de lectura para la búsqueda de información, sí reconocen que internet es una alternativa más accesible que la biblioteca, pero desconfían mucho de la veracidad documental de lo que los alumnos puedan levantar. No se plantean que el problema pueda estar en el diseño de consignas de lectura que no promueven procesos cognitivos complejos como comparar, inferir, cotejar, abstraer, suprimir, subsumir, expandir, seleccionar, etc. En el mejor de los casos reconocen que hay que guiarlos hacia la información correcta, pero advierten que ello requiere de un trabajo previo de exploración y de selección que recarga demasiado el trabajo docente, lo que –leído entre líneas– en definitiva deja de manifiesto la prevalencia de una clásica premisa escolar: toda propuesta de lectura debe monitorearse y quedar rigurosamente bajo control, con lo que el manual y la biblioteca escolar (donde se supone que no hay libros “malos”) continúan siendo las fuentes y los espacios confiables.
(Un aspecto que no podemos dejar de mencionar, sin embargo, es la sobreabundancia de fotocopias con escasa información de fuente, incluso para la lectura de textos literarios.)
En relación a las prácticas de escritura, tienen asimismo su mayor frecuencia en soporte papel, como recién decía, particularmente en la carpeta escolar dividida en asignaturas. Aunque en este caso sí se observa una creciente exigencia de entrega de trabajos “pasados en computadora”, se trata de una valoración del proceso de edición antes que de producción, para el cual se continúa privilegiando la escritura manuscrita. Lo que se pone en valor, entonces, al pedir una entrega impresa, es la prolijidad, el diseño de página, la denominada buena presentación.
En resumen: para los profesores leer y escribir son tareas "serias" que preceden, en cualquier caso, a la etapa más divertida, más liviana, menos disciplinar de usar la computadora para terminar el trabajo o para completarlo con adiciones extras, todo ello en el intento de aggiornar la escuela a las nuevas prácticas juveniles mediatizadas por las TIC, siempre que no se ponga en riesgo el verdadero trabajo que requieren el leer y el escribir para aprender los “contenidos” de cada área o asignatura.
Estamos, entonces, frente a una polarización que difícilmente da lugar a poder articular la importancia y necesidad de implementar nuevas prácticas con uso de máquinas inteligentes que incluyan prácticas de lectura y de escritura que favorezcan el acceso al conocimiento.
Estas concepciones de la lectura y la escritura encierran varias representaciones de diverso orden, entre las que podemos mencionar que se concibe que son prácticas escolares autónomas e individuales, que requieren de silencio o por lo menos (en su modelización primaria como actividad de aprendizaje) de trabajo en solitario (no se copien, trabajen solos, no pregunten, resuelvan sin consultar, si no comprenden vuelvan a leer) apropiado a las actividades en bancos alineados, cada alumno con su carpeta o su libro (de allí que una de los reparos más escuchados respecto del no uso de las computadoras es que “no hay una para cada chico”).
En segundo lugar, cuando se admite o incluso se procura el uso de la computadora, se la concibe como una herramienta más, con algunas ventajas de orden práctico y de ganancia de tiempo, pero siempre en el orden instrumental.
No hemos receptado expresiones donde siquiera se admita como posibilidad que el sujeto pueda interactuar con la inteligencia de la máquina y de ese modo favorecer sus procesos de aprendizaje de las ideas y conceptos propios de cada disciplina, a través del dominio progresivo de las potencialidades del lenguaje que le procura, por ejemplo, un procesador de texto.
La investigadora francesa Anne Marie Chartier (2009) asegura que “el uso de las nuevas tecnologías transforma los modos de producción y de adquisición de la escritura, [en la medida en que] las formas de leer y de escribir se interconectan de una manera nueva, [de modo tal que] lo que cambia son los modos de pensar”. En consonancia con Emilia Ferreiro, afirma que “será necesario iniciar a los niños en la práctica del teclado desde la escuela elemental, enseñarles dactilografía rápida, teclear con todos los dedos mirando la pantalla”, de modo que ese ‘saber hacer’, al permitir liberar la atención ejecutando los gestos sin pensar, contribuya a que el sujeto consagre todos los esfuerzos a lo que quiere escribir.
Por su parte Roger Chartier (1999) hace hincapié en que el uso de las TIC pone a los usuarios continuamente en situación de optar, clasificar, diseñar, elegir, recorriendo toda clase de indagaciones que les ayudan a desarrollar la actitud crítica, tanto en actividades de lectura como de escritura.
En la misma línea Salomón, Perkins y Globerson (1992) aseguran que “la misma idea de trabajar con un ordenador se basa en la suposición de que los usuarios exploren, diseñen, investiguen, escriban y comprueben hipótesis con métodos que acoplan la inteligencia de la máquina con la suya, en una participación consciente en la tarea”. Señalan, además, que existen “dos tipos de efectos cognitivos: los que se obtienen en conjunción con la tecnología en el curso de la colaboración intelectual con ella, y los efectos procedentes de la tecnología, en términos del residuo cognitivo transferible dejado por la colaboración, tras la forma de un mayor dominio de habilidades y estrategias”.
Ello va de la mano, en particular, con el uso de procesadores de texto que favorecen la toma de conciencia de los procesos de escritura al facilitar la revisión permanente, a diferencia de la escritura manuscrita donde borrar, copiar, agregar, reformular, etc. se convierten en acciones que no alientan al escritor novato y, en el caso del escritor avanzado, requieren de mucha paciencia para no terminar oscureciendo el escrito. Emilia Ferreiro (2006) destaca que “al convertir la revisión en un juego, el procesador de textos suscita múltiples miradas y una consideración reflexiva sobre lo escrito, una posición del autor responsable de su texto. (…) Permite volver sobre el texto, reconsiderarlo y, si fuera el caso, modificarlo. En la distribución tradicional de roles, el maestro resultaba ser el único revisor autorizado de los textos de sus alumnos. Nunca fue deseable que fuera de ese modo, pero ahora existen las condiciones para garantizar que ya no sea nunca más así: la revisión del texto puede hacerse en pequeños grupos, pueden compararse versiones paralelas, pueden componerse textos colectivos… en fin, lo que la imaginación pedagógica conciba, siempre con el objetivo de formar productores de textos que se sientan responsables ante lo producido”.
Ello en el mismo sentido de los aportes de la psicología cognitiva que nos han demostrado que el proceso de escritura, lejos de ser una operación de “volcado” de ideas en el papel o en la pantalla, promueve la transformación del conocimiento de aquello sobre lo que se escribe y sobre la escritura misma, en la medida en que el escritor pueda tomar conciencia y controlar su propio proceso de trabajo, en lugar de hacerlo “de un tirón” (Scardamalia y Bereiter, 1992).
Para Kerckhove (2005), en la lectura en pantalla el lector “expropia parcialmente la conciencia interiorizándola y mostrando gran parte de sus procesos lingüísticos y cognitivos relacionados”. Por esa razón la textualidad múltiple o multimedial propone un trabajo de lectura a modo de negociación todavía más complejo y atractivo que el de la lectura lineal, ya que exige elegir, descartar, hipotetizar, inferir, comparar, en un proceso de avances y retrocesos que van definiendo una ruta posible sobre la permanente toma de decisiones del productor individual o colectivo del texto.
En la misma línea y desde una perspectiva vigostkyana, podemos observar que el trabajo de lectura y de escritura en interacción con máquinas inteligentes puede favorecer la emergencia de zonas de desarrollo próximo, a través de diversas operaciones de andamiaje. Si se propicia, además, el trabajo colaborativo entre alumnos y docentes y de alumnos entre sí (a diferencia del consabido y mencionado trabajen solos, no se copien, no se consulten, no conversen), estaremos hablando de la construcción consciente del conocimiento, que el sujeto internaliza una vez que lo ha socializado. Incluso cuando varios trabajan sobre una misma pantalla (aun cuando uno solo opere sobre el teclado), la visualización conjunta del avance de la escritura o de las posibilidades de lectura propicia la negociación de significados, aciertos y errores sobre tareas de socialización indispensables para el desarrollo de los procesos psicológicos superiores, entre los que Vigostky (1987) cuenta la adquisición y desarrollo de la lengua escrita, que implica no sólo el conocimiento del sistema de la lengua sino sobre todo de las potencialidades del lenguaje en prácticas de lectura y de escritura cada vez más complejas.
Estamos lejos, entonces, de lograr la inserción de la computadora en el aula como propone Begoña Gros en su conocido texto El ordenador invisible (2000), de manera que su presencia en las aulas se naturalice como ha sucedido en otros ámbitos, sin temores y sin apologías, y que su uso sea para profesores y alumnos tan corriente como el empleo del lápiz o del pizarrón.
Bibliografía citada
CHARTIER, A.M. (2009) ¿Nuevas tecnologías en la enseñanza de la lectura y la escritura? (entrevista) en Leer en Red Nº 14, Fundación Leer, Buenos Aires, Mayo 2009
CHARTIER, Roger (1999) Cultura escrita, literatura e historia. México, Fondo de Cultura Económica
FERREIRO, Emilia (2006) Nuevas tecnologías y escritura. Revista Docencia N° 30, sección Reflexiones pedagógicas. Chile, diciembre de 2006. Versión digital.
GROS, Begoña (2000) El ordenador invisible. Barcelona, Gedisa
KERCKHOVE, Derrick de (2005). Los sesgos de la electricidad. En: Lección inaugural del curso académico 2005-2006 de la UOC (2005: Barcelona) [artículo en línea]. Disponible en: http://www.uoc.edu/inaugural05/esp/kerckhove.pdf
SALOMON, G., PERKINS, D. Y GLOBERSON, T. (1992), Coparticipando en el conocimiento: la ampliación de la inteligencia humana con las tecnologías inteligentes, en Revista CL&E Comunicación, lenguaje y educación Nº 13:6-22.
SCARDAMALIA, M. y BEREITER, C. (1992) Dos modelos explicativos del proceso de composición escrita, en revista Infancia y aprendizaje. Nº 58, Barcelona
VIGOTSKY, Lev (1987) Pensamiento y lenguaje. Buenos Aires, La Pléyade.
14 oct 2010
tensiones entre escuela y tecnologías
Debates y propuestas
Año 9 – N° 2
Ediciones Biblioteca Popular “Profesor Eduardo Requena”, Villa María, marzo de 2008
En ocasión de proponer un debate con mis alumnos universitarios del Profesorado en Lengua y Literatura, acerca del impacto que las nuevas tecnologías han tenido sobre los modos de leer y de escribir, mi sorpresa fue mayúscula cuando ellos, jóvenes que rondan los veinte años, manifestaron una honda nostalgia por algunas cosas que se han perdido o modificado con el uso masivo de las tecnologías digitales, como el envío de tarjetas de cumpleaños o de cartas manuscritas. En lo que concierne a su condición de estudiantes, se expresaron sobre la escasa utilidad de archivar apuntes tomados en clase o impresos que en breve representarán muy poco de lo que se supone que un futuro profesional debe saber sobre una disciplina. Hablaron de instantaneidad, de fragmentarismo, de la provisoriedad de los conocimientos, de la pérdida de escritos (por borrón o por la dificultad de hallarlos en el laberinto digital), de la precariedad de los soportes (disquette, CD, pendrive), de la dificultad de garantizar veracidad cuando nos enfrentamos a la lectura en Internet. Un discurso que yo creía propio de mi generación.
Predispuesta de antemano a confrontar con ellos, a través de una propuesta de reflexión crítica sobre los riesgos que puede deparar la búsqueda de información a través de recursos tecnológicos, en particular de Internet, terminé en cambio defendiendo sus ventajas frente a un grupo de jovencitos que se sienten a una distancia enorme, ya no de sus padres, sino de sus hermanos más pequeños. Manifestaron incluso que, en contra de la expectativa del mercado, se resisten a verse a sí mismos en un futuro próximo con una palm que reemplace la escritura manuscrita o que los conecte instantáneamente a Internet mientras estudian o toman un helado en el centro comercial, entendiendo que son y serán unos pocos quienes gocen de esos bienes. Ellos, en cambio, deben hacer sus trabajos universitarios en cibers oscuros y costosos, rodeados de niños que juegan en red perturbando los oídos de cualquiera, y gastando sumas cada vez mayores en innumerables fotocopias que luego es imposible ordenar, ya que los espacios curriculares se enlazan de manera tan dinámica que muchas lecturas terminan “sirviendo” para un cúmulo de materias, a la vez que se desactualizan de un año a otro debido a la profusa producción científica (y no tanto) en las diferentes áreas disciplinares. Hubo quienes, incluso, cuestionaron que los modernos y bien equipados gabinetes de computación con que cuentan algunas universidades se utilicen sólo para la enseñanza de asignaturas específicas, y no estén abiertos para el uso de la comunidad universitaria, cuando en el mundo académico hoy gran parte de lo que se lee y se produce pasa por la tecnología digital, que continúa estando a gran distancia de las posibilidades económicas de los alumnos (por lo menos, de nuestros alumnos), en lo que concierne a que cada uno cuente diariamente con una computadora para uso discrecional o privado.
Creo que este panorama, más allá de lo circunstancial y anecdótico, puede servir de muestra, o de punta de un enmarañado ovillo, para indagar sobre algunas cuestiones muy complejas, y no exentas de contradicciones, que la educación enfrenta en relación al impacto de las nuevas tecnologías.
El fenómeno de que chicos que apenas rondan las dos décadas sufran de nostalgia es una experiencia inédita en siglos anteriores, cuando todavía (diríamos, hasta ayer) se creía y se sentía que la juventud tenía todo por delante. Por otro lado, vemos niños que muy pronto son adolescentes, que se visten, actúan y piensan como tales; y adolescentes que se manejan de modo muy diverso a algunos patrones psicológicos y culturales que se nos transmitieron a los docentes de los distintos niveles en nuestra formación pedagógica.
Estos nuevos sujetos que pueblan las aulas de primaria y secundaria conforman la denominada net generation, son los nativos digitales, los chicos y las chicas @. Un mundo por demás ancho y ajeno para nosotros los adultos, usuarios de las tecnologías, críticos de las tecnologías, o aun partidarios y hasta apasionados de las tecnologías. Sencillamente porque nacimos, nos educamos y nos preparamos para trabajar en la escuela y en el mundo pre-digital.
Maestros y computadoras: una difícil ecuación
Pero la cuestión de la informática nos tiene sobre ascuas. Desde cualquier lugar que se la mire, seamos aggiornados o tecnofóbicos, se nos aparece como Jano bifronte. Tiene dos caras, reúne lo uno y lo otro, lo accesible y lo inasible, lo fundamental y lo accesorio, la verdad y el engaño; y no resulta sencillo lograr una visión integradora, menos aún resolver su lugar en la escuela. Entonces podemos volvernos maniqueos (adscriptos a un modo de pensamiento occidental en el que indefectiblemente fuimos formados) y separar sin mucho rigor científico “lo bueno” de “lo malo” para tranquilizar nuestras conciencias.
De este modo, muchos prefieren ver a esta nueva generación desde la imagen de la picadora de carne que nos ofreció una vez The wall, pero invirtiendo la culpa hacia las tecnologías de la información y la cultura mediática que estarían idiotizando a estos pobres jovencitos, arrancándolos de los brazos maternos de la Escuela. Y en ello, paradójicamente, los medios de comunicación les dan la razón, cuando publican lastimosas estadísticas acerca de los daños que les provocaría la computadora a niños y jóvenes, en particular el uso de Internet, a su (ya escasa, según dicen) capacidad de pensar. Y sobre todo profusas opiniones emanadas de las corrientes más conservadoras o reaccionarias sobre la pérdida de las buenas costumbres en el uso del idioma, producto de los excesos del chat, del blog, de los sms y de cuanto género se les aproxime.
Sin embargo, no se trata de optar entre tecnologías SÍ o tecnologías NO, como algunos todavía pretenden. Y menos de levantar una cruzada desde la escuela en contra de que los chicos usen la computadora en lugar de ir a la biblioteca. No podemos resolver las tensiones entre escuela y tecnologías discutiendo sobre tecnologías: si la tiza y el pizarrón o la multimedia; si las evaluaciones en papel o enviadas por mail. Deberíamos discutir, en cambio, qué tipo de evaluaciones tomamos si los chicos pueden obtener una buena nota recortando del rincón del vago, de monografías.com o de la wikipedia; o utilizando el MP3 como machete ante nuestra total inocencia. El problema ético y pedagógico no se resuelve acusando a los chicos de plagio o de infractores, sino viéndonos en nuestro propio espejo.
Cuando les pedimos que investiguen, ¿les hemos enseñado a hacerlo, nos mostramos a nosotros mismos como buscadores del conocimiento, les proponemos temas acordes a su competencia?, ¿sabemos despertar interés por los temas que componen el curriculum?, ¿somos nosotros mismos investigadores, compartimos con la comunidad académica y con nuestros alumnos los resultados de nuestras producciones? Y cuando tomamos evaluaciones, ¿les pedimos que reproduzcan los textos escritos por otros (autores de manuales, textos científicos, etc.)? ¿O les proponemos resolver problemas, pensar, ser creativos, relacionar, hacer inferencias, comparar, sacar conclusiones, proponer alternativas, en fin: generar conocimiento y experiencia a partir del conocimiento, y no sólo reproducirlo? Cuando decimos que no leen lo suficiente, o que prefieren una revista a un libro, ¿podríamos afirmar lo contrario de nosotros mismos?
Exclusiones cruzadas
Tampoco, a esta altura, creo que la discusión central se debata en torno a si se deben enviar computadoras o cajas de alimentos a las escuelas. Ése es otro problema, de índole político, que no nos es ajeno, por cierto, pero que nos puede desviar la mirada de la realidad circundante donde vivimos y actuamos todos los días. Los problemas de exclusión y de marginación son mucho más complejos, y van en varias direcciones.
Federico García Lorca, el poeta fusilado por los enemigos de la democracia durante la Guerra Civil Española, le decía a su pueblo en 1931: “Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos”. Y Emilia Ferreiro (1996), trabajando en las escuelas rurales de México proponía recuperar las viejas máquinas de escribir archivadas en los depósitos, acondicionarlas y usarlas para enseñar a leer y a escribir donde no hay computadoras, ya que “poner a disposición de niños de 6 años (y de cualquier edad) ese instrumento es contribuir a dar acceso al teclado (medio moderno por excelencia de producción de escrituras... y de acceso al mercado laboral)”.
Estamos, entonces, frente a unas cuantas aristas de un estado de situación que nos habla de desigualdades, de contradicciones, de perplejidades, de paradojas. Alumnos universitarios que requieren de la computadora para seguir el ritmo normal (actual) de sus estudios, pero cuyo acceso es costoso o por lo menos no tan “natural” como los profesores probablemente creen (porque ellos sí tienen su computadora personal o acceden a las que les ofrece la institución). Niños de primaria y adolescentes de secundaria asiduos visitantes del ciber o que disponen de computadoras en su casa, reprendidos por maestros y profesores, y hasta por sus propios padres, por utilizar la Internet mucho más que los libros. Chicos que van al ciber a jugar o a chatear, pero que no se imaginan haciendo allí un trabajo escolar, o lo hacen de modo muy excepcional. Y para coronar, modernos gabinetes de computación en escuelas y universidades, decididamente restringidos al uso del alumnado (en muchos casos, no por razones institucionales, sino porque los docentes de las diversas asignaturas se limitan a las carpetas o cuadernos escolares).
Prácticas de mutuas exclusiones. Docentes al margen de las culturas juveniles, que ven el fenómeno de las denominadas tribus urbanas como una excentricidad de las grandes ciudades, y no como una realidad que incluye a sus alumnos, miembros activos de diversas comunidades virtuales. Alumnos excluidos del mundo exterior mientras pasan horas en la escuela, que debería –al decir de Emilia Ferreiro (1996), hace ya más de diez años– “cuando menos tomar conciencia del desfasaje entre lo que enseña y lo que se practica fuera de sus fronteras, [ya que] no es posible que siga privilegiando la copia –oficio de monjes medievales– como prototipo de escritura, en la época de Xerox & Co, [ni] es posible que siga privilegiando la lectura en voz alta de textos desconocidos (mera oralización con escasa comprensión) en la era de la lectura veloz y de la necesidad de aprender a elegir la información pertinente dentro del flujo de mensajes impresos que llegan de forma desordenada, caótica e invasora”.
En la misma línea, Hannah Arendt (1996) aseguraba que “la educación es el punto en el cual decidimos si amamos al mundo lo suficiente como para asumir una responsabilidad por él, y de esa manera salvarlo de la ruina inevitable que sobrevendría si no apareciera lo nuevo, lo joven. Y la educación también es donde decidimos si amamos a nuestros niños lo suficiente como para no expulsarlos de nuestro mundo y dejarlos librados a sus propios recursos, ni robarles de las manos la posibilidad de llevar a cabo algo nuevo, algo que nosotros no previmos; si los amamos lo suficiente para prepararlos por adelantado para la tarea de renovar un mundo común.”
¿Apocalípticos o integrados?
Podríamos pensar, siguiendo a un clásico, que recobra vigencia el análisis que hacía Umberto Eco en 1965 frente al avance de los medios masivos de comunicación, clasificando las posturas de la época entre apocalípticos e integrados. O desde la sociología de la educación, mencionar la opinión de Emilio Tenti Fanfani (2007), quien sin rodeos expresa que “las personas que dicen: ‘yo veo un chico en un cyber, o mandando mensajitos, y me dan ganas de sacudirlo’ no deberían ser docentes, porque ese es el mundo del chico de ahora, y más vale que lo aceptemos”; y continúa: “el docente, al igual que muchos adultos, desconoce las culturas juveniles actuales. Prefiere decir que ‘al chico de ahora no le interesa nada’. Mentira”.
De manera que, en lugar de pensar que la cultura del libro, del esfuerzo, aun del sacrificio que significaba estudiar, se ha perdido para dar paso a lo efímero, al “flash”, a lo perecedero e intrascendente, al “copio y pego” en tanto todo se encuentra en la red sin inversión de energía intelectual, podríamos pensar, como nos propone Martín-Barbero (2004), que la cultura juvenil encuentra anclaje en algunas características de nuestro tiempo que la escuela debería considerar, antes que estigmatizar.
Y Usted, Profesor, ¿para qué sirve?
Los cambios de una generación a otra han sido una constante en el recorrido del género humano, a veces imperceptibles; otras, abruptos. Pero se afirma que nunca se dio como en este momento que la ruptura se dé bajo la forma de experiencias intransferibles, tanto de padres a hijos como a la inversa, y no sólo entre generaciones sino entre un muchacho de veinte y un niño de diez, como veíamos más arriba. Peter Eio, presidente de Lego Systems, señala que “por primera vez en la historia de la humanidad, una nueva generación está capacitada para utilizar la tecnología mejor que sus padres” (citado por Balardini, 2006). Ya lo había advertido Margaret Mead (1971), al hablar de una cultura "prefigurativa", en la que son los jóvenes quienes enseñan a sus padres.
¿Podríamos los maestros y profesores pensar, en consecuencia, que debemos refundar la escuela, a partir de los nuevos modos de lectura y de escritura que propicia la época en que vivimos?
De hecho, sería una necedad no reconocer que nuestros niños y adolescentes están desarrollando nuevos procesos de pensamiento y de aprehensión del mundo. Por ejemplo, podemos observar cómo el diario íntimo (que se guardaba celosamente) ha dado paso al blog, que expone sentimientos, pesares, amores y desventuras no sólo al grupo de amigos, sino al universo entero si hay alguien dispuesto a leerlo. De este modo, la narratividad del yo (Arfuch, 2002) sólo está buscando nuevos canales de expresión, en un universo de nacientes características. En una verdadera red, no de simples “usuarios”, como se pretende, sino de personas que intentan nuevos modos de decir(se) y de entablar el dia-logo (la palabra con otro), en un difícil proceso de autosocialización (Margulis y Urresti, 2000).
Las transformaciones sociales muestran a las claras que instituciones paradigmáticas como la familia y la escuela han cambiado. Sostener a manera de embestida su rol tradicional sería un despropósito. Pensar, en cambio, en nuevas formas de acompañamiento y de contención, en particular para el joven que atraviesa la escuela secundaria, se nos presenta como un verdadero desafío.
Leer y escribir entre lo analógico y lo digital
En este mismo sentido, no deberíamos descartar la posibilidad de repensar nuestra autoridad pedagógica, en cuanto la escuela sigue siendo ese espacio privilegiado (para muchos chicos en contextos de vulnerabilidad social, el único espacio) donde se da a leer y se da a escribir. Revisar la imagen docente con el desafío de permeabilizarla hacia nuevos modos de convivencia con los alumnos, dejando atrás definitivamente la idea de una escuela normalizadora y homogeneizante. Aceptar nuestra diferencia con la nueva generación, renunciar sin melancolías inútiles al modelo verticalista, nos permitiría, posiblemente, encontrar ese espacio siempre en construcción donde puedan dialogar lecturas viejas y nuevas, y donde la escritura escolar deje de ser mera transcripción de lo que escribieron otros (ya que en este caso da lo mismo encontrarlo en la biblioteca o en la wikipedia) y pueda ser provocadora de decires personales. Animarse a transitar senderos que se bifurcan, ir y volver, desandar, empezar de nuevo.
En particular los profesores de Lengua y Literatura deberíamos poder considerar la cuestión del canon literario (o mejor, de la literatura en la escuela), no sólo desde la pretendida vigencia de las obras que nosotros hemos leído, sino –como propone Teresa Colomer (2005)– a partir del hecho de que las lecturas tienen siempre un marcado componente generacional, ya que suponen nexos de cohesión en cada generación social. Hoy los soportes de lectura, especialmente las juveniles, exceden en mucho el formato del libro, porque son lecturas en pantalla. Lo mismo respecto de la escritura. Si pudiéramos incorporar esos modos naturales en los chicos a las prácticas escolares, las escenas de lectura y de escritura serían otras. Podemos apostar a que de este modo encontraríamos (o se tenderían) algunos puentes necesarios para formar buenos lectores y productores de todo tipo de textos.
No ser expertos en computación no debe amedrentarnos en absoluto. Si, por ejemplo, para armar un blog de producciones ficcionales, o de intercambio de lecturas y resúmenes, o de diálogo entre profesores y alumnos cuando no estamos en la escuela, les tenemos que pedir a los chicos que lo diseñen porque nosotros no sabemos, ello no nos resta legitimidad ni autoridad pedagógica, sino que nos muestra como ciudadanos de nuestro tiempo. En una escuela finlandesa decidieron pedirles a los alumnos que les enseñaran a los profesores a usar programas informáticos, resultando una experiencia muy positiva debido a que no se trataba de “ahorrar” en capacitadores sino de generar un nuevo espacio de relaciones intersubjetivas.
Cómo “conectarse”: receta sencilla para incrédulos
Para el tránsito que nos toca protagonizar, dependerá de nosotros, en particular de los educadores, que podamos enfocar la cuestión en las personas y no en las tecnologías, pero sin plantear dilemas falaces, y sobre todo desprendiéndonos de nuestros prejuicios, dispuestos a revisar nuestras certezas. En otras palabras, es preciso ver y comprender al niño, adolescente, joven o adulto haciendo uso de la tecnología, en cada caso con sus competencias y sus limitaciones.
Particularmente en relación a los más chicos, debemos aceptar, como señala Roger Chartier (1999) que su dominio de las TICs, a través de diversa aparatología, los pone continuamente en situación de optar, clasificar, diseñar, elegir, recorriendo toda clase de exploraciones que les ayudan a desarrollar una actitud crítica. Con lo cual, los riesgos de que se nos afecte la capacidad de pensar, posiblemente los estemos corriendo nosotros y no ellos.
Preguntarnos por esas prácticas de ingreso y de circulación por la cultura tecnologizada, donde conviven lo analógico con lo digital, reconociéndonos a nosotros mismos como sujetos de esas prácticas, muchas veces en conflicto, posiblemente nos haría más indulgentes con nuestros alumnos, más abiertos a escuchar y dar la palabra. Pero sobre todo, creo, nos haría más indulgentes y sinceros con nosotros mismos.
Bibliografía citada
ARFUCH, Leonor (2002) El espacio biográfico. Dilemas de la subjetividad contemporánea. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
BALARDINI, Sergio (2006) “Subjetividades y tecnoculturas”. Ponencia presentada en el Seminario “Impacto y transformaciones de la cultura escolar ante la inclusión de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación”. Buenos Aires, FLACSO.
CHARTIER, Roger (1999) Cultura escrita, literatura e historia. México, Fondo de Cultura Económica.
COLOMER, Teresa (2005) Andar entre libros. La lectura literaria en la escuela. México, Fondo de Cultura Económica.
DE CERTEAU, Michel (1999) La cultura en plural. Buenos Aires, Nueva Visión.
ECO, Umberto (1977) Apocalípticos e integrados. Barcelona, Lumen (1ª edición en italiano en 1965).
FERREIRO, Emilia (1996) “La revolución informática y los procesos de lectura y escritura”, en Revista Avance y perspectiva, Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del I.P.N. México. Vol 15, set/oct.
GARCIA LORCA, Federico (1996) Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros, editado por el Patronato Federico García Lorca de la Diputación Provincial de Granada y Casa Museo FGL de Fuente Vaqueros, España.
MARGULIS, Mario y Marcelo URRESTI (2000) “La construcción social de la condición de juventud” y “Buenos Aires y los jóvenes: las tribus urbanas”, en La participación social y política de los jóvenes en el horizonte del nuevo siglo. Buenos Aires: CLACSO.
MARTÍN-BARBERO, Jesús (2004) “Dinámicas urbanas de la cultura y cultura escolar”. Ponencia presentada en el Seminario Internacional “Nuevos tiempos y temas en la agenda de política educativa. La escuela vista desde fuera”. IIPE- UNESCO, Buenos Aires, noviembre de 2006. Mimeo.
MEAD, Margaret (1971) Cultura y compromiso. Buenos Aires, Granica.
TENTI FANFANI, Emilio (2007) “El docente desconoce las culturas juveniles actuales”. Entrevista con Rosa Bertino. La Voz del Interior, Sección Sociedad, domingo 4 de noviembre.
Bibliografía anexa
DUSSEL, Inés, BRITO, Andrea y NUÑEZ, Pedro (2007) Más allá de la crisis. Visión de alumnos y profesores de la escuela secundaria argentina. Buenos Aires, Fundación Santillana.
ECO, Umberto (2007) “De qué sirve el profesor”. Publicado en Diario La Nación, lunes 21 de mayo. Trad. de M. Rosemberg.
FERREIRO, Emilia (2001) Pasado y presente de los verbos leer y escribir. Bs As, FCE. Reimpresión 2003.
LEVIS, Diego (2006) “El chat: el habla escrita de niños y jóvenes”, Ponencia presentada en Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación GT Medios de comunicación, niños y adolescencia.
LINK, Daniel (2003) Cómo se lee y otras intervenciones críticas. Buenos Aires, Norma.
PETIT, Michèle (1999) Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura. México, Fondo de Cultura Económica.
SARLO, Beatriz (2006) Tiempo pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo. Una discusión. Buenos Aires, Siglo XXI.
TENTI FANFANI, Emilio (2000) “Culturas juveniles y cultura escolar”. Documento presentado en el Seminario “Escola joven: un nuevo olhar sobre ensino médio”. Ministerio de Educaçao. Secretaria de Educaçao Média e Tecnológica. Brasilia, junio de 2000.
TIRAMONTI, Guillermina (2005) “De los segmentos a los fragmentos: la nueva configuración del sistema educativo”. Ponencia presentada en el Seminario Internacional “La escuela media hoy”. Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología, Argentina, abril 2005.
Beatriz Vottero
11 jun 2009
Aprender a leer y a escribir usando la computadora
II CONGRESO INTERNACIONAL EDUCACIÓN, LENGUAJE Y SOCIEDAD
“La educación en los nuevos escenarios socioculturales”
23-25 de abril de 2009
Facultad de Ciencias Humanas
Universidad Nacional de La Pampa
Título de la ponencia
APRENDER A LEER Y A ESCRIBIR USANDO LA COMPUTADORA
Beatriz Vottero
Universidad Nacional de Villa María
abstract:
Eje temático G: didácticas, problemas teóricos, metodológicos y su vinculación con las prácticas
Objetivos:
- Indagar sobre los procesos cognitivos que se activan en las prácticas de lectura y escritura en interacción (interfaces) con máquinas inteligentes, con particular atención a la etapa de apropiación del lenguaje escrito en el primer año de escolaridad primaria.
Metodología:
- Estudio de caso colectivo instrumental. Investigación colaborativa con aportes de la etnografía, la socio-antropología y la narrativa biográfica. Entrevistas en profundidad y entrevistas en grupo focal.
Corpus:
Las investigaciones sobre la incidencia del uso de la computadora en actividades de aprendizaje dan cuenta de que la utilización de herramientas inteligentes puede favorecer procesos de pensamiento, permitiendo que “los usuarios exploren, diseñen, investiguen, escriban y comprueben hipótesis con métodos que acoplan la inteligencia de la máquina con la suya, en una participación consciente en la tarea” (Salomón et al, 1992).
En este sentido, observamos que los niños que ingresan a la escolaridad primaria han desarrollado un notable dominio instrumental de aparatos tecnológicos, cuyo manejo está asociado a prácticas de lectura y de escritura. Aserción que, sin embargo, la escuela no contempla en toda su dimensión mientras continúa insistiendo en planos notacionales en la enseñanza del lenguaje escrito en primer grado, sin profundizar en la transformación del conocimiento que implican leer y escribir (Bereiter y Scardamaglia, 1992). Hoy las prácticas sociales de lectura y de escritura requieren de la interacción con aparatos tecnológicos, de lo que la escuela no puede mantenerse ajena.
Conclusiones: El uso de computadoras desde las primeras prácticas escolares de lectura y escritura les facilitará a los niños el dominio del lenguaje escrito, actuando como andamiaje inteligente y favoreciendo el desarrollo de los procesos psicológicos superiores (Vigotsky, 1987).
Desarrollo:
La enseñanza del lenguaje escrito en el primer año de escolaridad primaria comporta un espacio de debate permanente, tanto en el marco pedagógico-didáctico como en el epistemológico. En la actualidad, es además terreno fértil para investigar cómo el acceso a las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación promueve una práctica muy temprana de la lectura y la escritura en pantalla, incluso en modalidades no convencionales, desde antes que los niños ingresen a la escolaridad formal. La escuela, sin embargo, si bien reconoce esta realidad, parece mostrarse reticente a repensar la alfabetización inicial incorporando esta nueva dimensión de la experiencia infantil, prefiriendo -en cambio- mantener algunos presupuestos tradicionales.
Lo cierto es que, aun cuando investigadores renombrados coinciden en que no hemos resuelto los problemas básicos de la alfabetización inicial[1], un nuevo reto nos reclama, que tiene a su vez varias aristas. Por un lado, la necesidad de investigar cómo los nuevos lenguajes y los nuevos modos de leer y de escribir afectan los procesos de lectura y de escritura; y por otro, cómo esos modos de relacionarnos con las tecnologías, de marcada empatía en el caso de los chicos, impresionan en los procesos de enseñanza y de aprendizaje escolares[2].
Desde nuestra perspectiva, se trata de reactualizar, tal como ella misma lo viene haciendo de modo incesante, la premisa sobre la que Emilia Ferreiro viene llamándonos la atención desde hace varias décadas, dirigida a la necesidad de terminar con discusiones inconducentes acerca de los métodos, y focalizar la mirada en las conceptualizaciones que los propios niños construyen acerca del lenguaje escrito, a partir de su inserción en una cultura donde la lectura y la escritura, en muchos casos a través de recursos tecnológicos con teclado y pantalla, son actividades sociales corrientes.
En este marco, hemos planteado una investigación en escuelas urbanas[3] de Nivel Primario (EGB 1 y 2 en otras provincias), a los fines de indagar acerca de cómo los maestros y los alumnos de primer grado trabajan en la apropiación del lenguaje escrito y qué injerencia podrían tener las denominadas nuevas tecnologías en ese proceso. Los primeros avances del trabajo, en gran parte destinados a la recolección de datos, arrojan la siguiente información:
- la mayoría de los chicos de primer grado conoce y maneja diversos recursos tecnológicos como computadoras, teléfonos celulares, equipos e instrumentos de audio y video digital (entre los que se destacan los juegos electrónicos), independientemente de la mayor o menor disponibilidad directa que les provea su entorno familiar;
- muchos chicos de primer grado tienen su propia dirección de e-mail y además chatean con sus amigos y familiares, utilizando sobre todo íconos y animaciones, además de texto escrito;
- una buena cantidad de niños recurre a Internet, auxiliados por miembros de la familia, cuando se les solicita en la escuela buscar información sobre algún tema del curriculum; además utilizan enciclopedias digitales como Encarta y otros soportes de información digitalizada a los que acceden con la compra de revistas infantiles o son adquiridos especialmente por sus padres para la recreación y/o las tareas escolares (por ejemplo CDs interactivos);
- muchos chicos manifiestan tener acceso en sus domicilios a algunos sitios de Internet, en particular los relacionados con canales de TV de programación infantil, donde participan en juegos interactivos y buscan diversa información;
- muchos chicos (sobre todo los que tienen hermanos o primos mayores) han explorado blogs, fotologs, facebook y con ello diversos enlaces virtuales, por lo que están habituados al uso de links de variada naturaleza;
- el comportamiento de los chicos en la sala o gabinete de computación de la escuela evidencia un manejo naturalizado de las computadoras, mostrando cierto nivel de destreza en el uso de programas de procesamiento de textos y en accesorios como Paint o calculadora (ya sea que los hayan usado previamente o aprendan en la escuela, familiarizándose enseguida), además de juegos interactivos; incluso “leen” instructivos o mensajes en pantalla sin haber dominado aún el código escrito, adjudicando sentidos apropiados al conjunto de signos gráficos;
- en general manejan el teclado de la computadora con buena motricidad manual, debido a que están familiarizados con su uso y no temen a la equivocación.
En este contexto, los docentes entrevistados acordaron en que la situación descripta les genera nuevos interrogantes en sus prácticas habituales, por diversas razones:
- en algunas oportunidades los niños manifiestan mayor dominio que sus maestros en el uso de los recursos tecnológicos mencionados, y en muchos casos manejan información desconocida por los docentes, tanto referida a los usos y alcances de las nuevas tecnologías, como al conocimiento de determinados temas que se abordan en el curriculum escolar, debido a que los juegos electrónicos en particular y la navegación en Internet les proveen de copiosa información enciclopédica;
- los niños que aún no escriben de manera convencional manifiestan especial interés por utilizar el teclado de la computadora, a manera de juego, donde ensayan la escritura apropiándose rápidamente de las posibilidades de diseño que les ofrece, por ejemplo, un procesador de textos; - se observa que algunos niños de primer grado escriben con cierta soltura en el teclado de la computadora, utilizando además los recursos de borrado, copiado y pegado, usando dos o más tipologías y tamaños de letra, pero manifiestan -en cambio- reticencias y hasta dificultades en el uso de la página del cuaderno de clases, y en el dominio de la motricidad fina que requiere el uso del lápiz.
En las entrevistas que nos concedieron, muchas maestras coincidieron en que la situación descripta les plantea dilemas que ellas mismas califican como “éticos, pedagógicos y didácticos” frente a la toma de decisiones en la enseñanza de la lectura y la escritura. En este sentido, reconocen que los métodos y recursos utilizados, así como los modos de seguimiento usados para monitorear los procesos de apropiación del lenguaje escrito, en algunos casos entran en conflicto con esta compleja y novedosa realidad, frente a la que confiesan no saber muy bien qué hacer, por lo que prefieren dejarla entre paréntesis por lo menos hasta recibir instrucciones precisas en tal sentido.
Estamos hablando de escuelas de alta matrícula, donde asisten niños de diversos sectores sociales, predominando las clases medias. Provistas de gabinetes de computación con numerosas máquinas conectadas a Internet, los niños tienen una clase semanal de “Tecnología” con un docente técnico en Informática, cuyo propósito principal (expreso en los programas y en la voz de los maestros) es el de enseñar a los alumnos las características y el manejo básico de las computadoras, trabajando eventualmente algunos temas del curriculum (generalmente de Ciencias y en menor proporción Lengua y Matemática). Por lo general, cuando se trabaja en la hora de Tecnología sobre un tema del programa de aula, queda a cargo del técnico del gabinete, quien ha seleccionado sitios de Internet para explorar y algún software didáctico específico, guiando las actividades de los alumnos en presencia (o no) de la maestra de grado, que asiste acompañando a sus alumnos pero generalmente sin intervenir en las cuestiones “técnicas” del manejo de las máquinas.
Estos datos, vistos en conjunto, ofrecen complejos aspectos para repensar y dilucidar. En primer lugar, estamos ante el hecho de que las propias maestras reconocen que existe un desfasaje entre los objetivos planteados desde lo curricular y lo que los alumnos efectivamente saben hacer. De este modo, los maestros no se explican cómo algunos niños que se manejan con asombrosa competencia frente a la pantalla de la computadora, manifiesten dificultades para hacer buena letra en el cuaderno. Lo mismo con algunos niños cuyas prácticas de escritura manuscrita los habilitaría como “pre-alfabéticos” y sin embargo parecen leer en pantalla con sorprendente capacidad para encontrar sentidos apropiados en el conjunto de elementos textuales (imagen fija y en movimiento, sonido, palabra oral y escrita, marcas paratextuales).
¿Cómo es posible que se maneje “mejor” aquello que, desde cierta lógica imperante, debería lograrse “después” de haber aprendido a leer y a escribir de la manera tradicional?, ¿qué debería modificarse en la llamada “alfabetización inicial” para adaptarla a este nuevo escenario cultural? Interrogantes en cuyo enunciado se advierten algunas premisas que, si nos animamos a discutir, es posible que nos den lugar a nuevas hipótesis.
Pero para ello es necesario que revisemos algunas cuestiones que, no por archiconocidas son menos importantes al momento de preguntarnos sobre la enseñanza y el aprendizaje del lenguaje escrito cuando trabajamos con niños pequeños. Los largos y profusos debates a los que nos referíamos al principio, por centrarse casi siempre en la cuestión metodológica, por lo general no salen del terreno de una consabida dicotomía: si convienen los métodos sintéticos o analíticos, si globales o fonéticos. A la par, se discute el problema de la tipología de letra: si comenzar con la imprenta mayúscula (en lo que habría cierto acuerdo), y cuándo y cómo pasar a la minúscula y a la cursiva, con lo que (y en esto Emilia Ferreiro ha sido siempre categórica, aunque no suficientemente escuchada) se deriva en falsas disyuntivas que sólo nos apartan del eje principal. Dicho debate, además, ha sido sazonado últimamente por una nueva y falaz oposición (por lo menos en mi provincia): si la psicogénesis y el reconocimiento de las etapas por las que atraviesa un niño hasta convertirse en sujeto “alfabético”, o la propuesta que proviene de la socio-psicología cognitiva, orientada al reconocimiento de la “conciencia lingüística” y la “conciencia ortográfica”[4].
En este marco, parecería que poco lugar queda para pensar, además, en la posibilidad de enseñar a leer y a escribir usando las computadoras, no sólo como herramientas alternativas y de soporte incidental, cuyo manejo devendría de la adquisición progresiva de ciertas habilidades y destrezas para su uso, sino, por el contrario, como máquinas inteligentes que pueden interactuar con el sujeto desde sus primeros acercamientos al lenguaje escrito. Aquí es donde tiene lugar la nueva hipótesis a la que nos referíamos más arriba.
Partamos de la evidencia de que hoy, en sociedades como las nuestras, que podrían denominarse urbanas (para no caer en la posición ingenua de que todo el mundo dispone de las nuevas tecnologías), cada vez más se lee y se escribe en pantalla, en las diversas esferas de la vida social (desde un cajero automático hasta un teléfono celular o una palm) utilizando diferentes lenguajes capaces de construir una textualidad abierta, en permanente construcción y actualización, con innumerables entradas. Paralelamente, la escritura manuscrita va quedando circunscripta a ciertos órdenes domésticos o privados, o por lo menos hacia ello se tiende con asombrosa velocidad, haciendo de la computadora personal, cada vez más, una auténtica necesidad. ¿Cuándo llegará ese momento? Es difícil predecirlo, y hasta parece imposible y alocado pensar que los chicos vayan un día a la escuela con una computadora portátil, aunque es una realidad que ya comienza a verse en algunas universidades.
Ahora bien, ¿es la computadora un accesorio, una herramienta, una máquina? Para la mayoría de nuestras maestras consultadas, la computadora no es más que un instrumento, un medio que puede facilitar o hacer más atractivas algunas actividades, siempre y cuando el alumno haya desarrollado previamente la capacidad para resolver las consignas escolares de la manera convencional. A la vez, manifiestan cierto recelo ante la búsqueda de información en Internet, confesando que todavía consideran más confiables a los libros, cualquiera sea su procedencia (biblioteca escolar, pública o familiar). Incluso muchas consideran que “agregar” el uso de la computadora a las actividades de lectura y escritura es recargar la ya ardua tarea del alumno. Más aún tratándose de niños pequeños que no manejan bien ni siquiera el lápiz y el cuaderno y que aún no leen “de corrido”. Argumento que casi siempre va acompañado de la delicada cuestión económica: ¿cómo exigir el uso de la computadora cuando las familias y las escuelas tienen otras urgencias que resolver?
Posiblemente, estos presupuestos no hacen otra cosa que esconder nuestros temores y nuestra propia desconfianza e ignorancia frente a la computadora y frente a la posibilidad de que su uso en la escuela nos obligue a replantearnos no sólo nuestros viejos saberes, sino nuestro tradicional lugar en el aula como agentes de control de lo que en ella sucede.
Definida por un programa del sitio Educ.ar, la computadora es "una máquina muy versátil y eficaz que, utilizando el programa adecuado, puede controlar diversas herramientas e instrumentos, y hasta convertirse en el más poderoso medio de comunicación". Su propia y compleja naturaleza la transforma en “una extensión de nuestro propio cerebro, en un completo auxiliar de la mente”[5].
¿Es entonces la computadora una máquina inteligente, como proponíamos hace un momento, que no sólo nos sirve para hacer las mismas cosas con mayor rapidez y menos esfuerzo, sino que puede favorecer los procesos de pensamiento y -por lo tanto- el aprendizaje? En este sentido, ¿podría ayudar a los niños en su proceso de aprehensión del lenguaje escrito, promoviendo la lectura y la escritura tal como se utiliza corrientemente, favoreciendo la internalización de algunos principios sobre sus reglas y funciones? Incluso, ¿su utilización podría colaborar en hacer menos traumático y más natural ese fuerte proceso de apropiación de la lengua escrita que experimentan los niños que ingresan a la escolaridad primaria?
De hecho, algunas investigaciones sobre la incidencia de la computadora en actividades de aprendizaje escolar dan cuenta de que el uso de máquinas inteligentes podría favorecer procesos de pensamiento. Salomón, Perkins y Globerson (1992), por ejemplo, hablan de “dos tipos de efectos cognitivos: los que se obtienen en conjunción con la tecnología en el curso de la colaboración intelectual con ella, y los efectos procedentes de la tecnología, en términos del residuo cognitivo transferible dejado por la colaboración, tras la forma de un mayor dominio de habilidades y estrategias”. Los mismos autores sostienen que “los efectos producidos con la tecnología pueden re-definir y mejorar el rendimiento cuando los estudiantes trabajan en colaboración con las tecnologías inteligentes, esto es, aquellas que asumen una parte importante del proceso cognitivo que de otra manera correría a cargo de la persona. Además, los efectos de la tecnología pueden producirse cuando la colaboración con la técnica deja un residuo cognitivo, dotando a las personas de habilidades y de estrategias del pensamiento que reorganizan y aumentan su rendimiento incluso cuando estén apartadas de la tecnología en cuestión”.
Conviene considerar, sin embargo (y sigo a los mismos autores), que no es la tecnología de los ordenadores en sí lo que interesa, sino “el tipo de programa y de ordenador que puede emplearse con esta tecnología, así como el tipo de actividad que se pueda ofrecer”. Se trataría de una asociación intelectual entre el hombre y la tecnología, que se hace interdependiente a través de una división complementaria del trabajo. Para estos investigadores, la definición de tecnología inteligente implica que la herramienta asume una parte de la carga intelectual en el tratamiento de la información.
En el caso del procesador de texto, por ejemplo, que nos interesa particularmente en el aprendizaje de la lectura y la escritura, es preciso considerar que el programa no trabaja automática e independientemente para nosotros (como lo haría un reloj, por ejemplo), sino que en todo momento requiere de nuestra toma de decisiones, de manera que nuestra atención pueda detenerse en cada una de las actividades y funciones que operan en el proceso de escritura. Esto cobra capital importancia cuando hablamos de alfabetización inicial porque sabemos que el niño no está aprendiendo a diseñar letras y con ellas a conformar palabras, sino que está apropiándose de un sistema que tiene sus propias reglas y funciones, y que son distintas de las del lenguaje oral. Por ejemplo, el programa puede corregir una palabra mal tipeada, señalar un defecto de sintaxis, llamar la atención sobre un posible error ortográfico, reconocer diseños de página y ajustar la escritura, etc., todo lo cual puede significar excelentes oportunidades de metacognición para el escribiente, en la medida en que se detenga ante cada una de dichas operaciones y pueda convertirlas en objeto de conocimiento. Además, la ductilidad del teclado y la visualización en pantalla le permite resolver fácilmente la cuestión de la tipología de letra y de diseño gráfico del espacio. En todos estos casos, el uso de la computadora estaría operando como emergente de la zona de desarrollo próximo, y actuando como andamiaje inteligente[6].
En actividades de lectura, en tanto, el texto no exclusivamente lineal, con “llamados” que invitan a construirlo, entrando y saliendo a través de diversos enlaces, acompañado casi siempre de imágenes y sonido, se comporta como un fuerte atractivo para el niño que desea construir significados a partir de esa textualidad múltiple, donde la negociación con la máquina (y con otros si la actividad se hace en equipo) puede convertirse en un verdadero juego (tal como proponía Vigotsky a propósito de la enseñanza de la lectura y la escritura a niños pequeños). Si en estas actividades, además, se cuenta con el apoyo didáctico de la maestra, que interviene oportuna y adecuadamente con preguntas que guíen y orienten la exploración de significados, estaremos entonces ante escenas de lectura muy distintas del conocido deletreo escolar.
Podríamos recordar, a propósito, que la escritura misma, desde su nacimiento, como apunta Ong (1993), es una tecnología; sin embargo, la importancia del dominio del lenguaje escrito no está en la habilidad técnica para producir signos gráficos, sino en el hecho de que propicia un nuevo modo de organizar la experiencia, favoreciendo el pensamiento analítico. En el mismo sentido, Salomón cita a Olson (1986: 356) recordando que “casi todas las formas de cognición humana exigen el uso productivo e imaginativo de alguna tecnología. El tratar de caracterizar a la inteligencia independientemente de esas tecnologías parece un error fundamental”.
Con lo cual, algunas preguntas planteadas por las maestras entrevistadas podrían ser condicionadas a invertirse: ¿debemos seguir insistiendo en el dominio motriz del lápiz para el logro de una buena caligrafía, y en el uso convencional del cuaderno (o de la página) como paso previo y muy anterior al uso del teclado y la pantalla?, ¿o deberíamos comenzar sentando a los chicos frente a la computadora, sin desmedro de trabajar simultáneamente con el lápiz, el cuaderno y el libro?
Aceptado el reto, aunque sea a manera de interrogante, devienen de inmediato muchas consecuencias y nuevas preguntas. Entre ellas, la cuestión sobre la utilidad de una hora de “computación” del modo como se dicta en la actualidad, en lugar de trabajar con las máquinas el mayor tiempo que las condiciones de infraestructura nos permitan, propiciando con ellas diversas y numerosas prácticas de lectura y de escritura en todas las áreas del curriculum. Incluso disponiendo de una sola, pero de modo permanente y en el aula. Recordemos, en este sentido, que hace ya unos años Emilia Ferreiro (1996) nos alertaba sobre la importancia de poner a los niños pequeños en contacto con el teclado, para lo cual proponía, en escuelas rurales de México donde no había computadoras, recuperar y reacondicionar las viejas máquinas de escribir llevándolas de inmediato al aula, ya que “poner a disposición de niños de 6 años (y de cualquier edad) ese instrumento es contribuir a dar acceso al teclado (medio moderno por excelencia de producción de escrituras... y de acceso al mercado laboral)”[7].
El uso de la pantalla, además y a diferencia del cuaderno personal, favorece la interacción entre pares, indispensable para el desarrollo de los procesos psicológicos superiores (Vigotsky, 1987). Para Salomón et al (1992) “la misma idea de trabajar con un ordenador se basa en la suposición de que los usuarios exploren, diseñen, investiguen, escriban y comprueben hipótesis con métodos que acoplan la inteligencia de la máquina con la suya, en una participación consciente en la tarea”. Si las actividades se realizan, además, en interacción con los pares y con la maestra, estaremos muy cerca del trabajo colaborativo, no sólo porque se favorece la negociación de significados, errores, aciertos, decisiones; sino porque se trabajará en equipo donde los programas seleccionados proveerán una valiosa colaboración que propicie la construcción consciente y permanente del conocimiento, y no sólo su recepción como algo dado.
Ello se logrará, sin embargo, cuando dejemos de ver a la computadora ya como un instrumento excepcional, o como una entrometida peligrosa. Se trataría, en cambio, de lograr su inserción en los procesos de enseñanza y de aprendizaje escolares como propone Begoña Gros en su conocido texto El ordenador invisible (2000), de manera que su presencia en las aulas sea tan “invisible” y natural como el uso del lápiz o del pizarrón.
Y entramos de esta manera a un terreno que no podemos dejar de abordar en este trabajo, y que hemos venido tocando tangencialmente, orientado a la necesidad de resignificar el rol docente. De hecho, la tradicional relación asimétrica entre maestro y alumnos, basada en la diferencia sustantiva de conocimientos, destrezas y habilidades que establecía claras marcas de poder, en la actualidad es puesta en tensión -entre otros aspectos- por la evidencia de que estamos, por primera vez en la historia, frente a una generación que domina la técnica mejor que sus padres (Balardini, 2007; Negroponte, 1995), y que -además- recibe y procesa la mayor parte de la información por fuera del circuito escolar (desarrollando, en consecuencia, nuevas habilidades y destrezas que no siempre son promovidas por la educación formal). Nos referimos a que -en el marco de referencia que estamos planteando- el maestro deberá “ceder” su arraigado lugar de experto para integrarse a los procesos de construcción de un conocimiento en flujo incesante, descentralizado, distribuido y en permanente revisión, que circula por los bordes de la institución escolar “derribando sus muros”, como proponía Mc Luhan. En este sentido, aprovechar los saberes instrumentales de los estudiantes, aun tratándose de pequeños de primer grado, debe significar una ventaja para el maestro, sobre la que pueda asentar un nuevo liderazgo.
Dichos saberes dan cuenta a las claras (y a esto nuestras maestras entrevistadas han podido visualizarlo con toda certeza) de que se trata de niños que han nacido y crecen en un universo muy distinto del que nosotros conocimos. En este sentido, se trataría entonces de trabajar en el aula considerando los nuevos modos de lectura y de escritura que han adquirido valor social, no por una cuestión de “modas” sino porque la escuela no puede eludir su principio fundamental de educar democráticamente, favoreciendo la plena inserción del ciudadano en su ámbito social. Ello no quiere decir, tampoco (vale la pena repetirlo), que debamos reemplazar el lápiz por el teclado y el cuaderno por la pantalla, ni el libro por Internet. Pero sí se trata, en cambio, de favorecer la democratización del conocimiento, a través del acceso igualitario de todos los niños a los nuevos modos de escribir, leer y comunicar que ofrecen las tecnologías en uso cada vez más extendido en nuestras sociedades. Si desconocemos esa premisa, priorizando la escritura manuscrita y la lectura sobre papel, estaremos trabajando en el aula no con el niño “real” que llega a la escuela, sino con el que nosotros construimos para adecuarlo a nuestras viejas convicciones.
Para cerrar, quisiera invitarlos a escuchar una vez más la voz autorizada de Emilia Ferreiro (2004b), que expresaba ante unos mil doscientos docentes en la ciudad de Rosario: “Maestros y maestras, discúlpenme pero estamos frente a un momento donde hay temas muy serios a debatir, que requieren que nos informemos activamente y nos metamos en esta discusión de manera inteligente, y claro está dejemos la pasividad de saber si llevo o no la máquina a la escuela, no nos opongamos con mecanismos de resistencia que sólo muestran el temor que tenemos, nada de ponerlas bajo llave o reclamar que sin capacitación nada se puede hacer con ellas; entiendan que esto llegó para quedarse, pero también que detrás de esto pasan muchas cosas y que son un instrumento poderoso. Pónganse como actores activos y digan en qué condiciones las quieren, sepan qué se está jugando por detrás, porque eso nos concierne a todos como educadores y a todos como ciudadanos”.
BIBLIOGRAFÍA
BALARDINI, Sergio (2006) “Subjetividades y tecnoculturas”. Ponencia presentada en el Seminario “Impacto y transformaciones de la cultura escolar ante la inclusión de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación”. Panel: Tecnología y subjetividad juveniles, en Subjetividades Juveniles y Tecnocultura – FLACSO. Centro Cultural del Teatro Municipal General San Martín, Bs As, 11 de Julio de 2006.
BEGOÑA GROS, (2000) El ordenador invisible. Barcelona, Gedisa.
BEGOÑA GROS (2004) De cómo la tecnología no logra integrarse en la escuela a menos que…. cambie la escuela, Experiències d'ús de les TIC a l'ensenyament. Jornadas Espiral, Barcelona.
BIRGIN ALEJANDRA (2000) "La docencia como trabajo: la construcción de nuevas pautas de inclusión y exclusión" en: Gentili, P. y Gaudencio, F. (comp) "La ciudadanía negada. Políticas de exclusión en la educación y el trabajo", Ed. CLACSO, Buenos Aires.
BRASLAVSKY, Berta (2003) “¿Qué se entiende por alfabetización?” Revista Lectura y Vida, año 24, junio de 2003.
BRITO, Andrea (2003) “Prácticas escolares de lectura y de escritura: los textos de la enseñanza y las palabras de los maestros”, en Propuesta Educativa. Buenos Aires, FLACSO, Año 12, Nº 26.
CHAVERRA, Dora. “La producción de un texto hipermedial. Dimensiones para su evaluación y análisis en los estudiantes de educación básica”. En: Memorias IX Congreso Nacional de informática Educativa (pp.1-9). Barranquilla: Universidad del Norte – Red Iberoamericana de Informática Educativa, Nodo Colombia – RIBIECOL, Julio 9, 10 y 11 de 2008.
FERREIRO, E. (2001) Pasado y presente de los verbos leer y escribir. Buenos Aires, FCE.
FERREIRO, Emilia (1996) “La revolución informática y los procesos de lectura y escritura”, en Revista Avance y perspectiva, Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del I.P.N. México. Vol 15, set/oct.
FERREIRO, Emilia (2004) “No porque las nuevas tecnologías sean extremadamente poderosas todo se reduce a circular sobre ellas”. Entrevista con Educ.ar, por Verónica Castro, 03 de junio de 2004. Portal Educ.ar.
FERREIRO, Emilia (2004) Conferencia dictada en el teatro “El círculo” de la ciudad de Rosario, Argentina, organizada por la Editorial Diario La capital S.A. de Rosario, a través de su programa “El diario en el aula”, el 31 de agosto de 2004.
FERREIRO, Emilia (2006) “Nuevas tecnologías y escritura”. Revista Docencia N° 30, sección Reflexiones pedagógicas. Chile, diciembre de 2006. Versión digital.
FISCHER, Hervé (2005) "Educación y cibertecnologías". Conferencia dictada en la Especialización en Educación, Lenguajes y Medios de la Escuela de la Universidad de San Martín, Provincia de Buenos Aires, el 27 de abril de 2005.
FLOWER, Linda y HAYES, John (1996) "La teoría de la redacción como proceso cognitivo", en Textos en contexto 1. Lectura y vida Nº3, Buenos Aires.
HARGREAVES, Andy (2003) Enseñar en la sociedad del conocimiento. Octaedro, Barcelona.
LEVIS, Diego (2007) “El desafío informático”, en Novedades Educativas N° 203, Buenos Aires/México, Noviembre de 2007.
LITWIN, E. (2005) De caminos, puentes y atajos: el lugar de la tecnología en la enseñanza. Educación y Nuevas Tecnologías. II Congreso Iberoamericano de Educared.
MARTÍN-BARBERO, Jesús (2004) “Dinámicas urbanas de la cultura y cultura escolar”. Ponencia presentada en el Seminario Internacional “Nuevos tiempos y temas en la agenda de política educativa. La escuela vista desde fuera”. IIPE- UNESCO, Buenos Aires, noviembre de 2006. Mimeo.
MIRALLES, Rafael (2003) “Medios de comunicación y educación”, en MIRALLES, Rafael (coord.) Medios de comunicación y educación. Cuadernos de Pedagogía. Biblioteca Básica para el Profesorado. Barcelona, Praxis.
MOLL, L.C. (comp.) (1995) Vygotski y la educación. Connotaciones y aplicaciones de la psicología sociohistórica en la educación. Buenos Aires, Aique.
NEGROPONTE, Nicolás (1995) Ser Digital. Ed. Atlántida, Buenos Aires, 1995.
OLSON, D.R. (1986) Intelligence and literacy. The relationship between intelligence and the technologies and representation and communication. In R.J. Sternberg y R.K. Wagner (eds.) Practical intelligence: nature and origins of competence in the everyday world (pp 338-360). Nueva York, Cambridge University Press.
ONG, Walter J. (1993) [1982] Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra. Buenos Aires, FCE.
PÉREZ TORNERO, José Manuel (2000) “Las escuelas y la enseñanza en la sociedad de la información”, en Pérez Tornero, J.M (compilador). Comunicación y educación en la sociedad de la información, Barcelona, Paidós.
SALOMON, G., PERKINS, D. Y GLOBERSON, T. (1992), “Coparticipando en el conocimiento: la ampliación de la inteligencia humana con las tecnologías inteligentes”, en Revista CL&E Comunicación, lenguaje y educación Nº 13:6-22.
SCARDAMALIA, Marlene y BEREITER, Carl (1992) "Dos modelos explicativos de los procesos de composición escrita", en Infancia y aprendizaje Nº 58, Madrid.
VIGOTSKY, Lev (1987) Pensamiento y lenguaje. Buenos Aires, La Pléyade.
[1] Por ejemplo, Berta Braslavsky (2003) decía que “la escuela sigue todavía sin resolver los problemas que siempre ha tenido con la alfabetización(…), cada vez más complicada ante los cambios acelerados de la informática”
[2] Para Andrea Brito (2003), “Aun cuando el acceso democrático a la cultura escrita sigue siendo una deuda pendiente y la existencia de grandes franjas de la población alcanzadas por la sombra del analfabetismo -y de la pobreza- continúa ocupando un lugar prioritario en la agenda educativa, la inclusión escolar de los nuevos lenguajes de las tecnologías de la información aparece como un nuevo tema que convoca a la discusión, más allá de que el acceso a estos medios sea cuestión de minorías. Leer y escribir a través de pantallas y teclados constituyen nuevos saberes que interrogan los procedimientos escolares de ingreso en la cultura escrita”.
[3] La investigación se realiza en escuelas de la ciudad de Villa María (provincia de Córdoba)
[4] La tradición psicogenética iniciada por Emilia Ferreiro, como aplicación de la teoría constructivista del aprendizaje, tomada de Jean Piaget, expone el proceso que experimenta un niño desde la diferenciación letra-dibujo, hasta llegar al nivel denominado alfabético. Como propuesta alfabetizadora, se destaca por la consideración de los conocimientos que ha adquirido un niño acerca de la lengua escrita, antes de ingresar a la escuela. Por su parte, los aportes de la investigación de base cognitivista, encabezada en nuestro país por Ana María Borzone, ponen en tensión algunos aspectos de la propuesta de Ferreiro, haciendo hincapié en el concepto de “conciencia lingüística”, sobre la base del principio alfabético de la escritura: equivalencia letra-fonema.
[5] Tomado del CD12 “La computadora en el aula”, unidad 1, colección educ.ar, Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación. Portal Educ.ar
[6] Para Emilia Ferreiro (2006), “al convertir la revisión en un juego, el procesador de textos suscita múltiples miradas y una consideración reflexiva sobre lo escrito, una posición del autor responsable de su texto. (…) Permite volver sobre el texto, reconsiderarlo y, si fuera el caso, modificarlo. En la distribución tradicional de roles, el maestro resultaba ser el único revisor autorizado de los textos de sus alumnos. Nunca fue deseable que fuera de ese modo, pero ahora existen las condiciones para garantizar que ya no sea nunca más así: la revisión del texto puede hacerse en pequeños grupos, pueden compararse versiones paralelas, pueden componerse textos colectivos… en fin, lo que la imaginación pedagógica conciba, siempre con el objetivo de formar productores de textos que se sientan responsables ante lo producido”.
[7] La misma autora ha señalado repetidamente que todo cambio en las tecnologías de la escritura tiene consecuencias en las prácticas sociales, y no pierde oportunidad de recordar que la escuela se resistió al ingreso de la máquina de escribir, reduciendo el aprendizaje del uso del teclado al oficio secretarial, a través de la asignatura “Dactilografía”, desaprovechando la oportunidad de incluir el nuevo modo de escribir como un uso social cada vez más difundido y valorado, que en los hechos desplazaba la escritura manuscrita hacia usos más privados.
31 mar 2009
Gestión de las TIC en las Instituciones
Hablar sobre las posibilidades pedagógicas y didácticas que nos posibilitan las nuevas tecnologías, o incluso discutir sobre la pertinencia o no de incorporarlas a las actividades escolares se ha convertido en moneda corriente en estos últimos tiempos. A ningún docente le pasa desapercibido que, más allá de la tradicional vocación conservadora de la Escuela, las Tic han modificado sustancialmente las actividades cotidianas de gran número de personas, entre las que se cuentan, en primer lugar, nuestros niños y jóvenes. Es posible, incluso, que cada maestro o profesor se haya interrogado, por lo menos una vez, sobre la incidencia de la computadora (que de hecho sobresale ante otros recursos al momento de pensar en su potencial para la educación) en los nuevos modos de comunicar y aprender.
Sin embargo, hablar de la gestión institucional frente a la problemática, es bastante más complejo e inasible aun para el propio docente que siente como propia la necesidad de aggiornarse a las nuevas tecnologías.
¿Qué significa gestionar las TIC en/para la institución escolar? Es probable que la primera idea que nos asalte esté relacionada con la compra o la capacidad para conseguir que el Estado provea de computadoras a la Escuela. Es decir: contar con un capital, que generalmente encarna en el gabinete o sala de computación.
Sin embargo, inmediatamente a esta primera respuesta posible, sobreviene la reflexión en torno a que, obviamente, poseer las máquinas no es suficiente, aunque sí –aparentemente- indispensable. Y es aquí donde se abre un abanico de problemáticas, que no necesaria ni exclusivamente tienen que ver con la cuestión económica-financiera que hace a la provisión de recursos y a la inversión en su mantenimiento y actualización permanente. Tienen que ver, en cambio, con la importancia de que una política institucional pueda definir el por qué y el para qué comprar o proveerse de recursos tecnológicos, a veces muy costosos para los magros presupuestos con que se cuenta.
En este sentido, así como el maestro muchas veces se apoya en el “mandato” de sus directivos para implementar una actividad didáctica o un cambio curricular, sin dedicar el tiempo y la energía necesarios para elaborar su propia internalización de cualquier tipo de reforma o innovación, puede observarse que muchos directivos, de distintos niveles del sistema educativo, simplemente se atienen a mandatos o exigencias ministeriales (a través de vías directas o indirectas), sin asumir en toda su dimensión la responsabilidad que les toca al momento de decidir sobre la utilización de las TIC en su escuela.
Gestionar las TIC en la escuela, entonces, debe ser parte de una política tendiente a adaptar la enseñanza y el aprendizaje escolar a los nuevos escenarios donde las tecnologías tienen un rol hoy inalienable. Corresponde a los directivos una responsabilidad indeclinable cuyos efectos se extenderán y afectarán el trabajo y la postura (también política, en el sentido de que educar es siempre un acto político) de maestros, familias, administrativos, personal de servicio y mantenimiento, etc. Cada uno en su rol, debe asumir que la escuela necesita cambios sustanciales, y que es preciso trabajar y comprometerse mancomunadamente en ese sentido.
Si, en cambio, se mantiene una actitud de reserva (en sentido refractario) sobre las TIC y su relación con la educación, o si se adopta una postura ingenua, que tiende a modificar todo sin cambiar nada (nuevos recursos, viejas metodologías), la gestión escolar de las TIC conducirá prontamente al fracaso, a la desconfianza, a la desilusión fácilmente identificable y justificable con vanos argumentos.
Ahora bien, la pregunta en todo caso es: ¿qué posibilidades reales tenemos en estas latitudes de gestionar una nueva educación que utilice las nuevas tecnologías?, ¿qué es efectivamente viable, accesible, cuantificable a largo plazo, de manera que no tengamos que sufrir otro (de tantos) fracasos ante la interrupción de proyectos demasiado ambiciosos y escasamente previstos en recursos económicos y humanos?
Si consultamos, por ejemplo, el texto de Pere Marquès Graells (2000 –revisado 2006) intitulado Cambios en los centros educativos: construyendo las escuelas del futuro, nos topamos (ésa es la expresión justa) con un universo de posibilidades para la escuela que de inmediato nos conducir a suspirar ante las dimensiones de la institución europea, frente a la estrechez de las nuestras. Sin embargo, ¿es realmente así?, ¿ellos pueden lograr objetivos más altos y más grandes porque tienen recursos económicos mayores?, ¿a nosotros nos escasean tanto los recursos que primero debemos pensar en alimentar estómagos vacíos antes que innovar con computadoras en el aula?
“Yo, si tuviera hambre no pediría un pan, sino medio pan y un libro”, dijo alguna vez Federico García Lorca. Con esta cita estoy proponiendo que es posible que se nos haya hecho tan común quejarnos de nuestra lamentable situación educativa, que no podamos ver un horizonte posible, donde el verdadero y más profundo cambio no está en la inversión económica que se haga en las instituciones (aunque ésta sea indispensable) sino en la capacidad institucional que nos demos y asumamos para pensar en una nueva educación, en el contexto actual. Se trataría de que el árbol no nos tape el bosque.
En el texto citado, Marquès Graells hace un análisis de la escuela catalana actual, y del desafío que enfrenta para gestionar una nueva educación, donde el servirse de las nuevas tecnologías sea un beneficio muy superior al que en la actualidad ya se concibe. Por ejemplo, propone, entre otros aspectos, pasar de un escenario tecnócrata, donde “las escuelas se adaptan realizando simplemente pequeños ajustes: en primer lugar la introducción de la ‘alfabetización digital’ de los estudiantes en el curriculum para que utilicen las TIC como instrumento para mejorar la productividad en el proceso de la información(aprender SOBRE las TIC) y luego progresivamente la utilización las TIC como fuente de información y proveedor de materiales didácticos (aprender DE las TIC)”, a un escenario holístico, donde “los centros llevan a cabo una profunda reestructuración de todos sus elementos”. Y cita a Joan Majó (2003): “la escuela y el sistema educativo no solamente tienen que enseñar las nuevas tecnologías, no sólo tienen que seguir enseñando materias a través de las nuevas tecnologías, sino que estas nuevas tecnologías aparte de producir unos cambios en la escuela producen un cambio en el entorno y, como la escuela lo que pretende es preparar a la gente para este entorno, si éste cambia, la actividad de la escuela tiene que cambiar”.
Sostiene que es precisamente el uso educativo del ciberespacio, más que el uso mismo de la computadora, lo que “va abriendo paso un nuevo paradigma de la enseñanza centrado en los alumnos y el aprendizaje (frente al paradigma instruccional anterior)”, y propone las bases tecnológicas para la escuela del futuro:
- pizarra digital en las aulas de clase
- computadoras en clase
- aulas de informática
- bibliotecas y salas multiuso (estudio autónomo, clases, seminarios, con computadoras e internet)
- intranet/plataforma e-centro (discos virtuales, webs de centro y docentes, foros, e-mail y web para todos)
(además del creciente parque de computadoras domésticas conectadas a internet)
Con lo cual, los siguientes serán los elementos que caractericen el aula-clase del futuro:
- pizarra digital con webcam (a ser posible PD interactiva inalámbrica con posibilidad de autorizar acceso desde las computadoras personales de los alumnos)
- periféricos: impresora, teclado/ratón inalámbrico, escáner...
- computadora personal fija o portátil para cada alumno, a ser posible inalámbrico tipo tablet PC
- conexión a la intranet/plataforma e-centro con servicio de imprsión, disco virtual, web personal/grupos, gestor de correo, etc.
- acceso a plataformas de contenidos educativos (incluso desde el hogar).
De lo que se concluye que el futuro está muy cerca, aunque parezca una utopía. Basta echar una mirada atrás, apenas un lustro o una década, y ver que lo que parecía inalcanzable es hoy una realidad, como la llegada de internet a los hogares de clase media.
Pensar, entonces, que, más que una “demanda” (término del mercado que adoptamos en oscuros periodos neoliberales como si la escuela fuera una empresa rentable), existe un reclamo legítimo de la sociedad para que la escuela deje de ser un recinto cerrado y el mundo un universo ancho y ajeno, debe convertirse en una premisa. Tal vez se pueda hacer un mundo más habitable, y sobre todo una educación más realista, si pensamos que la escuela, además de “preservar” valores, debe promoverlos en el mundo tal como el mundo es. Sólo desde allí, posiblemente, éste pueda mejorarse.
27 mar 2009
Tecnologías para el trabajo colaborativo
La historia de la red de redes, aunque estrecha en el tiempo, es de una complejidad asombrosa. Incluso, por primera vez en la historia, estaría ocurriendo que el fenómeno a investigar se modifica con una intensidad y velocidad que excede cualquier perspectiva epistemológica. Cuando el observador adopta un punto de vista, el objeto ya ha variado. En este sentido, es posible que lo único observable, y ni siquiera “a ciencia cierta” sea ese extraordinario dinamismo que hace crecer la red en todas direcciones, aunque su movimiento es inconducente, en el sentido de que nadie puede saber hacia dónde se dirige. ¿Mejora, evoluciona, se corrompe, se repliega, se ensancha?
Para Piscitelli (2004), “Nadie sabe exactamente qué forma tiene la red, y por más que permanentemente se la patrulla y se la fotografía, se la ausculta y se la mide, sus contornos son borrosos y sus centros son difícilmente localizables y discernibles. Esta inmarcesibilidad está profundamente ligada al carácter anárquico, auto-organizado y fundamentalmente local y distribuido que subyace a la evolución de la red”. Lo que lo lleva a preguntarse: “¿Qué es exactamente lo que hemos inventado? ¿Qué tipo de criatura hemos liberado en el ciberespacio? y ¿En qué puede o nos podemos convertir nosotros a partir de su mediamorfosis y evolución? ¿Hasta qué punto los hábitos de lectura y escritura, que sabemos son constitutivos de nuestra identidad y subjetividad se verán transformados y modificados por su emergencia?”
Interrogantes que, sin embargo, no detienen su acelerada expansión, tanto en el sentido de que cada vez se descubren y se inventan usos más diversos en torno a su potencialidades, como en cuanto a su difusión en un número de proporciones gigantescas de usuarios, que crece cada día.
Esta situación, perceptible para cualquier persona que medianamente haga uso de Internet, aunque no esté al tanto de las investigaciones al respecto, no pasa desapercibida en educación. Muy por el contrario, provoca una fuerte sospecha y recesión ante la posibilidad de integrarla a la Escuela.
En particular los maestros (mucho más, seguramente, que los hacedores de políticas educativas), desconfían de Internet anteponiéndole la biblioteca como un bien preciado y “naturalmente” asociado al estudio y a la búsqueda de información, calificado por siglos como el depósito y el resguardo del saber. En este sentido sostienen, por lo general, que la exploración en Internet va en contra de los procesos esperados de aprendizaje, debido a que se encuentran muy rápido y fácilmente los datos que se persiguen, los cuales son tomados por los chicos sin el menor procesamiento acerca de su validez, y tampoco son internalizados porque -en la mayoría de los casos- ni siquiera se leen con detenimiento, bajo la premisa de copiar y pegar, sin confrontar, comparar, inferir, descartar, valorar, etc.
Por otro lado, los maestros les temen a las distracciones que la navegación en Internet potencia en los alumnos, considerando, en cambio, que la consulta en el libro los mantiene en el eje de la problemática abordada. Finalmente, expresan su profunda preocupación por las nuevas formas de relaciones sociales que promueven las TIC, argumentando que los conducen al aislamiento, al individualismo y a la escasa interacción con los demás.
Lo cierto es que la Red ha modificado el paradigma cultural en el que los adultos fuimos desarrollándonos. Crece y se expande a pesar de los malos agüeros y de la recesión de instituciones conservadoras como la escuela. Es una marca identitaria de las culturas juveniles (Margulis y Urresti, 2000) y se “filtra” en las aulas a través de diversos aparatos usados dentro y fuera del espacio escolar, desafiándonos, por lo menos, a tomar conciencia de su importancia.
Se podrá discutir sobre la validez o no de expresiones del cuño como “sociedad del conocimiento”, o “generaciones @”, o incluso llevar al límite la conocida estigmatización entre nativos e inmigrantes digitales. Lo cierto es que nadie puede negar que, como se empeña a repetirnos Emilia Ferreiro, las TIC llegaron para quedarse; entonces, lo mejor, es tomar partido y dejarse de mirar para otro lado.
Pondremos ahora en clave de perspectiva crítica cada una de las aristas de esta opinión generalizada a la que hemos hecho referencia, sin el ánimo, desde luego, de agotar su análisis, sino apenas introducirlo.
En primer lugar, sería una necedad considerar, de antemano, que la biblioteca es un lugar casi “sagrado” donde se encuentra siempre la verdad. Vale simplemente recordar cómo los regímenes autoritarios han apuntado de modo directo a la quema y eliminación de libros, justamente por los efectos que la lectura tiene sobre la liberación del pensamiento. A la par, sabemos, asimismo, cómo distintas editoriales (y sobre todo las dedicadas a la producción de textos escolares) han operado oportunamente sobre políticas de ajuste a distintas reformas educativas, adaptando rápidamente sus producciones al mercado, cuando en poco tiempo se conocieron e hicieron eco fuertes críticas a dichas propuestas (cabe recordar, sin ir más lejos, la profusa producción de textos durante la Reforma Educativa de los ‘90). Por otro lado, sería ingenuo creer que los libros, aun los textos científicos, siempre se fundamentan y difunden lo certero. No sólo porque los conocimientos en el campo de las ciencias y las tecnologías se revisan y renuevan permanentemente, sino porque ningún escrito está exento de un sustento ideológico, no siempre conducente al pensamiento abierto y crítico. Cuántos libros han circulado por las aulas y las bibliotecas escolares plagados de xenofobia, de fundamentalismos, de ideas contrarias a la democracia y al bien común.
En segundo lugar, la topografía del hipervínculo, a la que se suman las constantes y odiosas “ventanas” que se abren sin permiso mientras navegamos por Internet, pueden provocar en el lector, efectivamente y con toda evidencia, el desliz deliberado o inconsciente del eje temático de partida. Ahora bien, ¿se constituye este fenómeno, por sí mismo, en un factor de distracción negativa? Es posible que, en cambio, pueda promover en el internauta el esfuerzo por descartar permanentemente lo accesorio, intrascendente, efímero y sobre todo lo inapropiado a la búsqueda. A la vez, la lectura no lineal, sino en red, que abre vínculos y desata relaciones intertextuales, puede provocar, de hecho, un recorrido mucho más amplio y económico que el que nos permiten los libros, pesados objetos que debemos desplegar sobre un escritorio, y cuya limitación siempre estará marcada por lo efectivamente disponible. En la red, en cambio, podría decirse que -si sabemos buscar- casi todo está a nuestro alcance.
En tercer lugar, un aspecto quizás más delicado, sobre el que, por fortuna, existen ya numerosas investigaciones desde el campo de la psicología social. Ver a un chico (o a un adulto) frente a una computadora, absorto en la pantalla, da, por cierto, una primera impresión de aislamiento. Incluso despierta, casi de inmediato, en los nostálgicos, el feliz recuerdo de cuando los niños jugaban libremente en las calles, sin muchos recursos más que los que la imaginación les proveía. Sin embargo, en el afán de ser realistas, podemos preguntarnos: ¿era aquélla de verdad una época donde la socialización, favorable a la amistad y a la solidaridad, superaba los índices actuales? ¿O se trata, más bien, de otro de los mitos que intentan desacreditar los nuevos modos de relaciones intersubjetivas, proponiendo sin mucho crédito que antes éstas se daban “cuerpo a cuerpo” en contra de la “virtualidad” inmaterial hoy reinante?
Para ayudarnos a pensar, Howard Rheingold (2004) advierte sobre cómo la difusión de las redes comunicacionales, sobre todo a través de la telefonía móvil y del uso del correo electrónico, generan verdaderas comunidades solidarias, que -incluso- regulan su propia normativa ética, a través de sistemas de control y de sanciones, que básicamente reprimen las acciones que atentan contra el bien común: “lo que puede ser bueno para ti tal vez no lo sea para nosotros”. En esta misma línea, un fenómeno muy elocuente, cuya propagación es en absoluto inmanejable e impredecible, se observa en el crecimiento de la blogósfera. Es notable, en este sentido, que son precisamente las franjas juveniles las que han encontrado en ese medio un canal propicio para decir(se), para desarrollar la propia “narratividad del yo” (Arfuch, 2002), desarrollando nuevas maneras de relacionarse y de comunicarse, que derivan incluso en relaciones afectivas muy poderosas.
La Escuela, en cambio, aun cuando se ha arrogado la responsabilidad de educar para la solidaridad y el compromiso social, ha basado su metodología de la enseñanza en la apología del individualismo: no copiarse, trabajar solos, no pedir ayuda a la familia o al compañero, autogestionarse, no valerse de los apuntes de otros, etc. Principios, desde ya, en fuerte disonancia con los discursos constructivistas y vigotskianos sobre los que frecuentemente supone asentar su práctica pedagógica.
La red de redes, en este sentido, puede ser un campo (no sólo experimental, sino efectivamente probado) para favorecer, en educación, el trabajo colaborativo. El uso escolar de los diversos recursos mencionados, como el correo electrónico (y el chat), los blogs y los teléfonos celulares, puede actuar a favor de una didáctica basada en la construcción cooperativa del conocimiento, cuyas ventajas para el desarrollo del curriculum, el trabajo en equipo y la confrontación permanente del saber pueden sacarle varios cuerpos a las metodologías tradicionales.
La actitud común, en cambio y según puede observarse hasta hoy, es la negación: sancionar la presencia de celulares, mp3 y similares, porque “atentan” contra la disciplina escolar, operando clandestinamente como ayudamemorias o ayudacompañeros en apuros. Lo que ocurre, claramente, es que este tipo de aparatos, así como la búsqueda de información en Internet, jaquean al profesor o maestro tradicional, acostumbrado a tener el “control” de lo que sucede en el aula, sobre la base de la asimetría del saber, que hoy entra en tensión con los saberes construidos por fuera del muro de la escuela (tanto instrumentales, como teóricos).
Posiblemente, se trate de reconocer, como señala Piscitelli (2004), que la posibilidad de “imaginar su domesticación y/o posibilidad de pliegue a nuestras necesidades, pase mucho más por un auto-control que por cualquier hetero-regulación”, con lo cual, la costumbre de echarle la culpa al sistema, a las políticas educativas o a las directivas institucionales no nos alcanza para disimular, en todo caso, nuestra propia escasez de imaginación y de sentido común para creer, como señalaba Hanna Arendt (1996) que “la educación es el punto en el cual decidimos si amamos al mundo lo suficiente como para asumir una responsabilidad por él, y de esa manera salvarlo de la ruina inevitable que sobrevendría si no apareciera lo nuevo, lo joven. Y la educación también es donde decidimos si amamos a nuestros niños lo suficiente como para no expulsarlos de nuestro mundo y dejarlos librados a sus propios recursos, ni robarles de las manos la posibilidad de llevar a cabo algo nuevo, algo que nosotros no previmos; si los amamos lo suficiente para prepararlos por adelantado para la tarea de renovar un mundo común.”
Bibliografía
ARENDT, Hannah (1996) Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política. Barcelona, Península.
ARFUCH, Leonor (2002) El espacio biográfico. Dilemas de la subjetividad contemporánea. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
MARGULIS, Mario y Marcelo URRESTI (2000) “La construcción social de la condición de juventud” y “Buenos Aires y los jóvenes: las tribus urbanas”, en La participación social y política de los jóvenes en el horizonte del nuevo siglo. Buenos Aires: CLACSO.
MARTÍN-BARBERO, Jesús (2004) “Dinámicas urbanas de la cultura y cultura escolar”. Ponencia presentada en el Seminario Internacional “Nuevos tiempos y temas en la agenda de política educativa. La escuela vista desde fuera”. IIPE- UNESCO, Buenos Aires, noviembre de 2006. Mimeo.
Piscitelli, Alejandro (2004) "La Web como sistema virtuoso/vicioso" Disponible en: http://www.cibersociedad.net/congres2004/grups/fitxacom_publica2.php?grup=99&id=676&idioma=es
Rheingold, Howard (2004) Multitudes inteligentes. La próxima revolución social. Barcelona, Gedisa. Caps. 2 y 7.
Watts, Duncan (2006) Seis grados de separación. La ciencia de las redes en la era del acceso. Barcelona, Paidós.